Rumbo al norte: Noruega

Dia1

Aquí os explicaré un viaje inesperado. No contábamos con él en nuestros planes pero cualquier excusa es buena para explorar nuevas tierras. Una buena excusa era que mi suegra había perdido una oportunidad para ir a ver la Aurora Boreal.

No hay problema, suegri, iremos todos en su busca

Y ahí estábamos, de camino al aeropuerto de Evenes, entre las ciudades de Harstad y Narvik. ¿Os quedáis igual? Quizás de Noruega os venga a la cabeza Oslo y poco más. ¿Está Evenes muy lejos de Oslo? Sí, hijos míos: casi a un día en coche. Aunque claro, debemos pensar que las carreteras en Noruega no son las mismas que en España, ¿eh? Son estrechas, plagadas de renos suicidas y probablemente, y si vas en otoño-invierno como nosotros, congeladas.

Pero bueno, que me lío.

Os parecerá una tontería, pero esto que os voy a explicar ahora no se me había ocurrido nunca para ningún viaje. El día antes de salir hacia Barcelona para coger el avión nos llenamos las maletas de comida comprada en nuestros supermercados españoles. Qué tontería, ¿verdad? Pues me atrevería a decir que es la clave. Sobretodo si vas a viajar a un país con un nivel de vida mucho más alto que el tuyo (como es Noruega respecto a España) y si vas a contar con cocina como nosotros, que alquilamos un Airbnb.

Bien, pues después de explicar esta tontería, os he dejado de camino al aeropuerto de Barcelona. O si no os lo he dicho, estamos ahí, y nos esperan unas cuantas horas de vuelo. Hemos sido lo bastante tontos como para llegar tarde al aeropuerto y, por lo tanto, hemos tenido que dejar el coche aparcado en el parking del mismo en vez de en cualquier aparcamiento público de nuestra ciudad. Bueno, nos servirá para poder informaros de que por 3 noches de parking sale por 83 euros. Suerte que somos 4 personas.

En fin, respiro hondo y me preparo para 3 horas de vuelo hacia Oslo. Observo al piloto para comprobar si puede estar al borde de un ataque esquizofrénico y me encomiendo a mis demonios. Parece ser que sobrevivimos (aunque a duras penas, pues el piloto es un poco brusco). Otro vuelo en el que me libro de conocer las turbulencias. Menos mal.

En Oslo nos dejamos unas cuantas coronas en unas barras de pan para hacernos un bocadillo con el embutido que ya nos hemos traido de casa y, de nuevo, me encomiendo a mis demonios para sobrevivir al vuelo que nos llevara de Oslo a Evenes.

Casualidades de la vida hacen que en el vuelo una azafata con rasgos mediterráneos resulte ser española (y de Canarias, nada menos). Los españoles ya se sabe que no sabemos ser discretos, así que enseguida nota nuestros orígenes y se muestra interesada por saber que se nos ha perdido en el norte de Noruega. Un país en el que ella misma lleva viviendo casi dos años, y del que francamente, empieza a cansarse. Demasiado frío, demasiada oscuridad, demasiado carácter nórdico.

Pero nuestro vuelo sigue y conseguimos llegar a Evenes, donde nos recibe, nada más bajar del avión, un fino manto de nieve en el suelo y, de fondo, unas montañas blancas. La ilusión y el frío se apoderan de nosotros. Empezamos a correr hacia el coche de Europcar, contentos porque pequeños copos de nieve nos reciben, pero precavidos pues un despiste inoportuno puede significar que nuestro culo y nuestras maletas acaben en el suelo. Y, igual que en el skating de Barcelona donde estrene mis patines de hielo, caer puede significar necesitar varios refuerzos para levantarse.

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Gran calidad fotográfica

Reconocemos el coche, blanco, cubierto de una fina capa de nieve, y nos refugiamos en su interior. ¡Qué frío, Dios mío! Y eso que ya llevamos todas nuestras capas de ropa puestas. ¡Bien! Pues en marcha, que hoy estaba previsto hacer barbacoa y no tenemos todos los ingredientes. ¿Dónde está el supermercado más cercano a la casa? Por lo que veo parece estar en Ramsund, otro pueblecito a 15 minutos en coche de nuestro… trozo de isla. Así nos las gastamos, señores.

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Concretamente, estamos ahí

Nos ponemos en marcha, nieva bastante. Por suerte no necesitamos cadenas en el coche, las ruedas de estos coches noruegos ya están cubiertas de pequeños clavos para ofrecer resistencia. Winter wheels, las llaman.

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¡Arre!

Llegamos a Ramsund, que mas que un pueblo es un conjunto de casas, y el supermercado esta a pie de carretera. No paramos de reír por algo que no puedo recordar. Bajamos del coche y sprintamos hasta el interior de la tienda. Los supermercados se parecen bastante en todas partes, diría yo. Me parece que me empieza a doler la cabeza. Las migrañas atacan de nuevo. Compramos cosas necesarias para nuestra supervivencia y cosas no tan necesarias. Como, por ejemplo, fideos instantáneos que no puedo encontrar en España, o algo que parece encantarles a estos noruegos, sopas de sobre. Las tienen de todos los tipos y sabores. Mientras yo intento disimular que formo parte del grupo, mi suegro y mi pareja le preguntan a un dependiente que circula por ahí como se dice “Hola” en noruego. Ya no recordamos como era, pero gracias, chaval. Volvemos al coche sin mas incidentes y emprendemos el rumbo hacia “la casa”. La llamaremos “la casa” ya que aun no me queda claro como se llamaba la zona donde estábamos.

Aquí empieza la odisea.

A veces, cuando escribes una dirección en el maps, especialmente cuando estás en una zona donde parecen habitar mas animales que personas, maps se inventa un poco el rumbo. Por ejemplo, le indiqué que nos llevara al número 23 y nos llevo al numero 40. La verdad el emplazamiento no se parecía en nada a la foto del airbnb, pero viniendo de España, ¿como voy a cuestionar a Google? Bien, pues no voy a alargarme explayándome en las vueltas que dimos a lo largo de la costa de Tjelsund pero en total estuvimos unos 50 minutos buscando nuestra casita. Consejo: no te fíes si ves que hay luces encendidas en una casa, no tiene porque significar que haya nadie dentro.

Por fin encontramos la casita, una hermosa casita rodeada de otras aparentemente muy parecidas que no llegué a adivinar qué eran exactamente. Probablemente graneros o antiguas despensas de herramientas. No os lo sabría decir.

La casa es preciosa, aunque con una decoración un poco anticuada. La temperatura es perfecta gracias a un par de radiadores eléctricos, pese a que mi suegro empieza una cruzada para adivinar donde esta la caldera del gas. Imagino que el hecho que sea una casita de madera hace que aísle muy bien el frío.

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Vistas desde nuestra casita

Se nos han pasado las ganas de hacer la barbacoa, así que Jesús propone que vayamos a una de las dos ciudades mas cercanas que tenemos: Harstad. Está a 50 minutos en coche de la casa así que mi suegro emprende el camino hacia allí. A ver que tal.

Pues un mojón, la verdad. En su defensa, es de noche, tenemos frío y estamos cansados. Damos una vuelta alrededor de la ciudad, y, la verdad es que hay pocos valientes que paseen por las calles a esta hora. De hecho, si no viera las sombras dentro de los bares pensaría que se trata de una ciudad fantasma. El silencio es ensordecedor, y la nieve nos invita a hundir nuestra pezuña en ella. Antes de marcharnos, descubrimos una callejuela muy mona, con comercios y bares abiertos. Eso si, nada de gente.

Volviendo a casa descubrimos que en la entrada de la urbanización hay una Iglesia bastante mona, orgullosa a orillas del mar. Misteriosa y solitaria, parece hasta romántica.

Llegamos a la casa y Jesús y yo buscamos una habitación que nos guste en el piso superior. La verdad es que todas me dan miedo. Hay puertas misteriosas a las que la dueña nos ha vetado el acceso, y he leído bastantes libros de terror y visto bastantes películas como para saber que es mejor no hacer preguntas. Nos decidimos por una habitación con dos camitas azules muy monas, y una extraña reproducción de la Giocconda que prefiero que no me observe durante la noche.

Hace mal tiempo y, aparentemente la Aurora Boreal se resiste a bajar hacia nuestras latitudes. Desistimos sin rechistar, hay más días.

Obviamente, obligo a Jesús a dormir los dos juntos en una sola cama. Cabemos de sobras.