Última parada: Narvik

Hoy me levanto nerviosa. Es nuestro último día en Noruega y siempre que es el último día de un viaje me levanto lamentándolo. Hemos decidido que, pese a que intuimos que Narvik no será demasiado impresionante, no podemos estar tan cerca de la ciudad y no visitarla.

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La distancia, como veréis, es mucho más razonable que las anteriores

Si lo recordáis, cuando fuimos a Svolvaer, yo quería comprar souvenirs. Lamentablemente no tuve suerte. Ahora tengo intención de aprovechar y hacerlo.

El camino a Narvik es precioso, pero al fin y al cabo, comparte parte del camino con el recorrido de Senja.

Llegamos a Narvik y divisamos un campanario de lejos. Nos dirigimos hacia allí esperando poder visitar dicha iglesia.

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Esta iglesia nos pareció lo más bonito de Narvik

Narvik, igual que Harstad, tiene una serie de calles comerciales, y barrios más residenciales. En la zona de la iglesia, un señor de avanzada edad le tira una bola de nieve a su perro, el qual la recoge con alegría y posterior confusión cuando esta explota en su boca.

Es domingo, así que todas las tiendas están cerradas. Pierdo mi oportunidad de conseguir un souvenir.

Dejaré aquí un aviso: las calles y carreteras del norte de Noruega, en esta zona y en Noviembre, resbalan. ¡Y mucho!

Tras estar una horita o dos por Narvik sin mucho que hacer más que intentar no caernos, nos damos media vuelta y nos preparamos para dirigirnos hacia el aeropuerto. Como vamos con tiempo, pararemos bastante durante el camino.

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Volvemos hacia España

DeO camino a Jesús se le ocurre hacer una parada. Aparentemente cerca del aeropuerto hay un lago que puede valer la pena.

Aparcamos en un desvío de la carretera. Una barrera nos impide continuar. A pie no debería haber problema así que nos adentramos en la montaña para llegar hacia el lago. Está a unos 10 minutos del coche andando. Nos damos un poco de prisa ya que no queremos llegar tarde al vuelo. El camino empieza a desvanecerse y acabamos caminando prácticamente por el monte, por un camino medio encharcado y congelado que nos hace temer rompernos la crisma. Entonces lo veo.

Unas huellas en el camino. De perro. Pero debe ser un perro muy grande. Me fijo más en ellas. ¿Qué clase de perro será? Realmente son muy grandes. Mi mente empieza a analizar la situación.

Un momento… ¿podría ser…?

Se me pasa por la cabeza la imagen de un grupo de lobos acechándonos entre los árboles. Al ser más lenta y estar más rezagada seguro que irían primero a por mí.

– Oye, Jesús. Estas huellas… ¿No parecen de lobo?

Jesús me mira. Al principio creo que se reirá de mí y me dirá que me emparanoio como siempre. Cuando veo que se lo piensa, me asusto aún más. Mi teoría no me parece tan descabellada.

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Tótem, ¿voy a morir aquí?

Al fin y al cabo, había una barrera al principio del camino que nos impedía continuar. Empiezo a ponerme nerviosa. Jesús también. Entre los dos convencemos a mi suegra para dar media vuelta.

Volvemos sin saber qué hay más allá.

Mi suegro, que esperaba en el coche, está impaciente. Nos hemos retrasado un poco más de lo planeado así que no podemos empanarnos más. Debemos lavar el coche en la gasolinera y entregarlo a Europcar rápido.

Llegamos a la gasolinera y luchamos por entender cómo se lava el coche. Aparentemente, se paga por tiempo, y metes el coche en una habitación enorme donde cuentas con todos los utensilios de limpieza. ¡Manos a la obra!

Una hora, muchos nervios por ir con el tiempo justo y mucha espuma después, el coche está reluciente.

Volvemos a la gasolinera para que nos devuelvan el dinero que no hemos gastado y el mismo chico que nos había vendido el servicio nos comunica que las empresas de alquiler, al menos en Noruega, no reclaman que el coche se entregue limpio.

Muchas gracias, me lo podrías haber dicho antes de gastarme 15€.

Volvemos a toda prisa hacia el aeropuerto. Dejamos las llaves en el buzón de Europcar y nos dirigimos hacia el control de seguridad.