Un paseo por los Acantilados de Moher

Ayer no os acabé de explicar cómo acabó la historia con el apartamento. Escogimos una habitación en un apartamento compartido en Airbnb debido a los altos precios de los hoteles y apartamentos de Dublín. Ilusos de nosotros, pensamos que estaríamos compartiendo piso con los propietarios, pero no fue así. Nos encontramos con un bloque de pisos enteramente destinado a Airbnb donde cada habitación alberga uno o más huéspedes. Un negocio, vaya.

Aún así debo decir que no está tan mal. Las habitaciones tienen llave, disponemos de un amplio salón con cocina y lavadora y dos baños para 6 habitaciones. Muy céntrico.

Aún no hemos podido explorar nada de la ciudad pues aún nos queda otra pequeña GRAN excursión a… Los Acantilados de Moher.

Día 2

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Hoy nos comeremos unas cuantas horitas más en coche atravesando la isla para llegar al extremo oeste. Concretamente el recorrido son 3 horas de ida y 3 de vuelta con lo que, como ya os estaréis imaginando, nos levantamos bastante pronto hoy. Por suerte ayer nos fuimos a dormir pronto y hemos tenido tiempo suficiente para descansar. Así que encendemos la radio del coche y nos lo tomamos con filosofía.

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¡Buenos días, vecinito!

Atravesar Dublín es lo más caótico. No nos olvidemos que en este país, como en el Reino Unido, conducen por la izquierda. Todos locos.

En cambio, cuando llegamos a la autopista el paisaje empieza a cambiar. ¡Se empieza a notar que estamos en Irlanda! A nuestro alrededor los edificios se transforman en verdes pastos por donde pasean vacas u ovejas.

Tras casi 3 horas de viaje empezamos a darnos cuenta de que nos acercamos. De hecho Maps te lleva directamente hasta el aparcamiento. Y es que no os imaginéis los Acantilados de Moher como este paraje totalmente salvaje en el que dejas el coche en cualquier sitio y vas a explorar. No. Yo también me lo imaginaba así.

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Pero más bien son así

Tienen tienda de recuerdos, baño, cafetería e incluso un sendero habilitado para recorrerlos. Vamos, que está todo muy bien pensado para nosotros, los turistas.

No puedo negar que cuando llegamos a los bordes de los acantilados, la imagen es sobrecogedora. Como debemos escoger un camino, decidimos seguir el sendero de nuestra izquierda.

Hacia el castillo aquel de la última roca

Aparentemente ayer llovió, así que el suelo está fangoso y resbaladizo. Al fin y al cabo, os he comentado que era un sendero, pero no es un sendero demasiado bien habilitado. Más bien han puesto un trozo de muralla para que la gente no se acerque demasiado al borde del abismo.

Pronto caminar dentro del margen de la muralla se vuelve tarea imposible pues está completamente enfangado y debemos ir a dos metros del precipicio. El viento comienza a arreciar y a veces debes luchar contra él con ímpetu.

Mis botas de montaña son impermeables, pero cuando “decido” meter el pie en un charco cuyo fondo no alcanzo a ver, reconozco que empiezo a notar la humedad en los pies.

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Creo que aún tengo mierda en las botas de ese viaje

Pese a las inclemencias del tiempo, al cansancio y al dolor de cabeza que me está provocando el viento, la sensación general es muy agradable y de vez en cuando Jesús y yo nos detenemos a admirar el paisaje por unos segundos. Como intentando imprimirlo en nuestra memoria.

Y por fin, después de 3 horas llegamos a nuestro destino. Aquella torre que se veía al fondo en medio de la bruma marina.

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Más pequeña de lo que todos creíamos

Cuando llegamos decidimos que es hora de dar media vuelta. Cuando lleguemos de nuevo al inicio ya será hora de comer.

No me preguntéis por qué pero en el camino de vuelta tardamos media hora menos. Quizás por que ya conozco dónde están todas las trampas del camino. No volveré a pisar ese charco maldito.

Por el camino saludamos a unas graciosas vacas que pastan por ahí. Jesús aprovecha para recriminarles sus flatulencias imitando el sonido de sus pedos. No parece que les haga mucha gracia.

¿Porqué no me dejáis en paz?

Poco antes de llegar al inicio de nuestro recorrido nos sentamos y meditamos mientras vemos las olas romper contra la roca, deseando no olvidar el olor ni el sonido ni las gotas de agua mojando nuestra piel.

Aquí nos quedamos unos minutos sentados

Y ahora sí, nos despedimos de Moher. Comemos sentados en frente de la tienda de recuerdos antes de volver. Estamos extremadamente sucios pero muy agradecidos por haber tenido esta experiencia.

Inolvidable y totalmente recomendable.

Hasta mañana.