Farewell, Irlanda

Y finalmente, bienvenidos al último día en Irlanda. Normalmente el último día de un viaje lo pasamos haciendo un repaso de todo aquello que nos ha quedado por ver. Pequeñas cosas que no ocupan mucho tiempo y que no son, por norma general, las más importantes. Para hoy hemos dejado Phoenix Park y la cárcel de Kilmainham.

Día 5

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Nos despertamos bien pronto para hacer las maletas e ir hacia Phoenix Park, nuestra primera parada. Nos hace mucha ilusión ir pues hemos leído que en este parque hay ciervos salvajes a los que puedes dar de comer. Para una chica de ciudad que cuando ve una oveja piensa que es un animal exótico, es un gran acontecimiento.

Dejamos las maletas en un pequeño hostal cercano al Phoenix Park, que por un módico precio accede a guardarnos el equipaje hasta el mediodía.

Liberados de la carga, nos dirigimos hacia la entrada del parque.

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La verdad es que la combinación de colores es sobrecogedora

Nada más entrar nos damos cuenta de que hemos cometido un grave error: pensar que Phoenix Park se podría recorrer en menos de una horita.

Pero en realidad, Phoenix Park se cruza en más o menos una hora, y obviamente los ciervos no irán a buscarte. Así que básicamente tenemos un problema.

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Ajá

No tenemos mucho tiempo para visitar el parque pues tenemos una visita guiada programada en la cárcel, ya pagada. Así que salimos del parque por un desvío después de haber caminado unos 20 minutos. De momento ni rastro de ciervos, pero con un poco de suerte podríamos volver después de la visita.

La cárcel de Kilmainham no está muy lejos del parque, y en unos 15 minutos nos plantamos allí.

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De camino a la cárcel

Al llegar nos encontramos con que hemos llegado más bien justos de tiempo. El estilo de la cárcel, pese a tener tantos años vida, es más bien moderna. Al menos la zona de la entrada. Una chica de largo cabello rubio y ojos azules muy amigable será nuestra guía.

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Empezamos el tour por la zona más antigua de la cárcel

La guía nos traslada a 200 años atrás, en la inauguración de esta cárcel. En esa época la cárcel era mucho más pequeña y precaria, como se puede apreciar en esta foto. Poca iluminación y poco aislamiento de la humedad y el frío. Y no sólo eso, no había separación entre los presos. Niños, mujeres y hombres mezclados en una habitación sin tener en cuenta la gravedad de sus crímenes. Pudiera decirse que la vida en Kilmainham Gaol era un infierno, pero peor era en las calles de Dublín, donde el expolio de los ingleses y la hambruna de la patata provocó un genocidio.

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Hasta que decidieron renovarla 

Esta cárcel continuó estando en pie hasta el Alzamiento de Pascua o Easter Rising que comenté en mi entrada anterior. No sólo eso, sino que como edificio gubernamental, obedecía a los intereses de Inglaterra. Es por eso que aquellos partidarios de la república irlandesa se conocen bien estos muros y muchos dejaron en ellos su huella.

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Los participantes del Easter Rising eran en su mayoría católicos

Notable es la historia de Joseph Plunkett y su mujer, Grace Gifford. Antes de contraer nupcias, Joseph Plunkett fue encerrado en Kilmainham Gaol por ser uno de los líderes del Easter Rising y por lo tanto, se enfrentaba a una muerte segura. Sabiendo lo que le esperaba, Joseph pidió como último deseo poder casarse con Grace Gifford antes de morir. El deseo le fue concedido y ambos se casaron en la capilla de la prisión horas antes de que éste fuera ejecutado.

Años después, su mujer fue llevada también a Kilmainham Gaol por participar en las revueltas en defensa de la República Irlandesa. Ella fue quien pintó en su celda el dibujo de la virgen y su hijo que vemos en la última foto.

Salimos de la cárcel conmovidos por la historia de este país y de esta prisión, pero aún nos queda un último cometido en Dublín: encontrar los ciervos de Phoenix Park.

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Así que nos dirigimos a él de nuevo

Tras caminar cerca de media hora, y agotarse nuestro tiempo, decidimos decepcionados que es hora de dar media vuelta. Estoy agotada, y debemos volver a buscar las maletas antes de ir al aeropuerto.

A los dos minutos de volver me da por mirar a la derecha.

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Sí, está ahí tan pancho

Maravillados empezamos a grabarlo y a tirarle fotos pero pese a que intentamos no hacer ruido ni acercarnos, nuestra presencia lo ahuyenta y huye. No sé para vosotros, pero para mí es suficiente.

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Adiós, cervatillo!

Ahora sí, ya podemos decir adiós a este maravilloso país de maravillosas gentes y paisajes. Sé que en esta ocasión no es un adiós, pues estoy convencida de que volveré a visitaros. Aún nos quedan muchos rincones de esta joya esmeralda por visitar. Y no quiero perderme ninguno de ellos.

Así que hasta pronto, Éire.