Vida monacal en San Petersburgo

Lo que leéis. He compartido dos semanas de mi vida con monjes y monjas ortodoxos. Como comenté en mi última entrada, mi visita a la ciudad de los zares consistió en un voluntariado y, por lo tanto, yo iba a trabajar. Concretamente yo junto a Jesús y otros (aproximadamente) 18 voluntarios nos alojamos en el Monasterio de Novodevichy, en San Petersburgo.

He aquí el monasterio ortodoxo de Novodevichy 

Concretamente nos alojamos en una especie de albergue llamado “Casa del Peregrino” donde, como su propio nombre indica, se alojaban peregrinos ortodoxos de toda Europa. Nos alojamos en dos habitaciones gigantes con camas que parecían sacadas de la época de mi bisabuela. Por supuesto hombres y mujeres separados.

Las comidas se servían en una cantina dentro de la Casa del Peregrino donde compartiríamos espacio con las monjas del lugar. Eso sí, debíamos llevar nuestro propio tupper para guardar la comida para la cena, pues por la noche la cantina permanecía cerrada.

Monasterio de estilo bizantino dentro del recinto de Novodevichy

Otra de las normas del lugar es que las puertas del monasterio cerraban a las nueve de la noche, independientemente de si tu estuvieras fuera o dentro del mismo. Así que, más te vale estar dentro antes de esa hora. Fantástico.

Nuestras tareas a realizar dependerían de si eramos hombres o mujeres. Las mujeres harían las tareas de las propias monjas: coser, limpiar y cuidar el jardín del recinto. En cambio los hombres recibirían tareas más físicas: recoger runas de las obras, desenterrar raíces de árboles ya innecesarios, limpiar, cargar objetos pesados…

Interior de una de las iglesias de Novodevichy

La liturgia se celebraba cada día a las seis de la mañana y éramos libres de asistir si nos apetecía. Eso sí, asistir al menos una vez fue obligatorio. Aunque no nos hicieron ir a las seis sino a las diez de la mañana.

Fue curioso e interesante. De las cosas que más me sorprendieron fueron:

  • Se debía asistir en ayunas
  • La duración de la misa era de 3 horas
  • Durante toda la misa los fieles debían estar de pie
  • El cura daba la misa de espalda a la multitud
  • Las mujeres debían asistir con falda larga y con el pelo cubierto

Después de la liturgia tuvimos el privilegio de comer junto a los monjes y monjas más prestigiosos del monasterio. La verdad es que fue la mejor comida que tuvimos durante todo el viaje.

Comida típica un día cualquiera en el monasterio

Durante nuestra estancia fuimos testigos de muchos malentendidos provocados por un choque de culturas. Por ejemplo, no estaba bien visto que las mujeres pasáramos el rato en la habitación de los hombres, ni siquiera para hablar un rato. Sin embargo, tampoco estaba aceptado que nos quedáramos en el pasillo a hablar durante la noche pues perturbábamos el descanso de los peregrinos (a las 22:30, una hora nada intempestiva).

Pese a los malentendidos, la comida y la distinción de sexos puedo decir que ha sido una experiencia muy positiva, que nos ha aportado gran conocimiento sobre la cultura monacal, ortodoxa y rusa. Aunque sí que es cierto que quizás en otra ocasión me lo pensaría dos veces a la hora de alojarme tanto tiempo en un monasterio, pues sus normas son realmente severas.

Al acabar las dos semanas de voluntariado nos fuimos francamente tristes

Espero que os haya gustado el primer capítulo de este gran viaje y quedaos porque vienen muchas más experiencias rocambolescas e información sobre esta bella ciudad.

¡Hasta mañana!

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