Mi primer viaje

Mis ansias de viajar se remontan a mi tierna infancia. No podría describir en qué punto exactamente de la misma empecé a pensar que quería ir a Japón. Me gustaba mucho ver anime en la televisión pública de Cataluña. Además empecé a ampliarlo comprando directamente el manga de mis series favoritas: Sailor Moon, sobretodo. Con el paso de los años aún me sentía fascinada por este mundillo y empecé a buscar más animes por mi cuenta. Me encantaba ver cómo vivían los personajes de esas series en su país. ¡Qué país más curioso! 

Lo que más me impresionaba eran sus templos y pueblecitos tradicionales

Japón se convirtió para mí en un sueño inalcanzable, pero también fue la puerta hacia una pasión que no me abandonaría hasta el día de hoy. Poco a poco mi cabeza se fue fijando en otros destinos. En Australia hay  unos animalillos curiosos, el París de los años 30 de las películas es impresionante, el Londres victoriano me parece mágico. De pronto cada destino tenía una promesa de aventuras para mí. 

Así fue como a mis 18 años, cuando por fin podía salir fuera sin tonterías burocráticas, decidí proponerle a mi padre de hacer un voluntariado en el extranjero para el verano. Él, que quería convertirme en una joven más social (cosa que nunca conseguiría), accedió. Entre los dos buscamos un destino que pareciera interesante y encontramos uno que yo desconocía (como desconocía tantas otras cosas) en Alemania: Dresden. 

Capital de Sajonia

Y así fue, sin un atisbo de miedo en mi cuerpo (salvo el que me daba y da el avión en sí), en el verano de mis 18 años embarqué por primera vez en un avión. Sola, y con un nivel de inglés mucho peor del que tengo ahora. Tuve bastante suerte pues en mi vuelo hacia Dresden me encontré a otro de los voluntarios, uno español. Entre los dos conseguimos aclararnos para encontrar el edificio que se convertiría en nuestro hogar durante las siguientes 3 semanas de voluntariado. 

El trabajo, como ya os comenté en la entrada Voluntariados, consistía en vigilar en un museo de arte contemporáneo llamado Ostrale. No era una tarea demasiado exigente, con lo que me dio tiempo a patear la ciudad por las tardes, sola o en compañía de otros voluntarios. Me gustaba salir a caminar después del trabajo y cotillear tiendas, comprarme la merienda o simplemente caminar mientras escuchaba música. En tres semanas os imaginaréis que me dio tiempo a conocerla bastante bien.

Dresden es una ciudad maravillosa. De hecho, el museo y la ciudad me gustaron tanto que años después volví con Jesús, que también acabo encantado. Fuimos e hicimos una visita por Dresden, Praga y Wroclaw. Pero nuestras aventuras en esta ciudad son otra historia, y deben ser contadas en otra ocasión. 

Anuncios